Obispos católicos de Indiana
Pobreza en la Encrucijada:
La respuesta de la Iglesia ante la pobreza en Indiana

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Introducción

De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad. (Papa Francisco, exhortación apostólica Evangelii Gaudium [La alegría del Evangelio], n.º 186)

Como obispos que sirven al pueblo de Dios, nos concierne todo el mundo, independientemente de su credo, raza, origen étnico o situación socioeconómica. Cristo vino para salvar a toda la humanidad. Como sus ministros, se nos ha entregado la responsabilidad de proseguir con la labor de Cristo al servicio de todos nuestros hermanos y hermanas aquí en el estado de Indiana.

Al mismo tiempo, los obispos poseemos la obligación especial de cuidar a los integrantes más vulnerables de la familia de Dios. Es por ello que prestamos especial atención a aquellos seres que todavía no han nacido, a los enfermos y los ancianos, a los prisioneros, a aquellos aquejados por distintas formas de adicción o de padecimiento mental, y nos preocupamos por la educación de las personas procedentes de distintos orígenes y circunstancias. Este es el motivo por el cual nos preocupamos de un modo muy especial por nuestros hermanos y hermanas que se encuentran en la pobreza.

Teniendo presente esta responsabilidad especial, los obispos dirigimos esta carta pastoral tanto a los fieles católicos, como a toda la gente de buena voluntad de Indiana. Deseamos llamar la atención sobre la pobreza que existe aquí mismo, dentro del Estado que se hace llamar la “Encrucijada de Estados Unidos”. Esperamos contribuir a lograr un mejor entendimiento de los numerosos desafíos que enfrentan nuestros hermanos aquí en Indiana y reflexionar junto con ustedes de qué manera debe responder la Iglesia.

El evangelio hace énfasis en que en el corazón de Dios existe un lugar especial para los pobres, tanto así que se “hizo pobre” (2 Cor 8, 9). Jesús reconoció su sufrimiento y era compasivo ante su soledad y sus temores. Jamás pasó por alto sus aprietos ni se comportó como si no le importaran. Nuestro Señor siempre estuvo al lado de los pobres, consolándolos en sus tribulaciones, sanando sus heridas, y nutriendo sus cuerpos y sus almas. Jesucristo exhortó a sus amigos a que reconocieran la verdad de los pobres y que no permanecieran impávidos.

Todos los discípulos de Jesucristo están llamados a amar a los pobres tal como él lo hizo. Como pueblo de fe, se nos invita a reconocer al pobre, a dejar que la Palabra de Dios ilumine la realidad de la pobreza y a responder con corazones transformados.

Mediante una fórmula sencilla –VER, JUZGAR, ACTUAR– invitamos y exhortamos a todos, comenzando por nosotros mismos, a prestar más atención a los pobres de nuestra comunidad, a identificar las cuestiones sistémicas que perpetúan el ciclo de la pobreza para personas y familias, y a aplicar medidas puntuales para reducir las repercusiones a largo plazo de la pobreza en nuestro estado, al mismo tiempo que nos acercamos y ayudamos a aquellos que sufren sus devastadoras consecuencias aquí y ahora.

I. Ver

Había un hombre rico que se vestía lujosamente y daba espléndidos banquetes todos los días. A la puerta de su casa se tendía un mendigo llamado Lázaro, que estaba cubierto de llagas y que hubiera querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico (Lucas 16:19-21)

Jesús relata la poderosa historia de un pobre que deambulaba por las calles, llamado Lázaro, y del hombre rico que pasaba junto a él todos los días sin percatarse de su existencia. Resulta evidente que el hombre rico no podía –o no quería– ver la pobreza que tenía justo delante de sus ojos. En consecuencia, no era capaz de reconocer la necesidad del hombre pobre y, casi tan trágico como esto, las oportunidades que Dios le presentaba día tras día para compartir sus abundantes dones. Al final del relato, nos enteramos de que esto le costó al hombre rico un lugar en la compañía de Abraham.

¿Cómo se aplica esta parábola de Jesús a nosotros aquí en el estado de Indiana? ¿Qué es lo que no estamos viendo día tras día mientras nos afanamos con nuestras vidas? ¿Acaso somos incapaces –o peor aún– hemos elegido ignorar a nuestros hermanos y hermanas pobres? ¿Somos incapaces de ver el efecto que surte la pobreza en las familias, los barrios y en comunidades enteras, sin preguntarnos qué la origina?

Quizás en el transcurso de nuestra vida cotidiana no veamos personas pobres, pero eso no quiere decir que no estén allí. En un anexo a esta carta incluimos algunas estadísticas impresionantes en relación con la pobreza, la indigencia, el desempleo y el hambre aquí mismo, en el estado de los hoosier. La mayoría de nosotros no tiene idea de la gravedad de este problema y de lo difundido que está. Al igual que el hombre rico de la parábola de Jesús, no logramos ver lo que se encuentra ante nuestros ojos. Además, perdemos las oportunidades que el Señor nos presenta para reconocerlo en el rostro de los pobres.

Las estadísticas quizás luzcan frías e impersonales; pero si esos hechos no nos ayudan a “ver” a los pobres que se encuentran entre nosotros, quizás nos convendría analizar la definición de la pobreza en cuanto sus repercusiones sobre la vida cotidiana. El padre Larry Snyder, presidente de Catholic Charities USA, se apoya en la experiencia de los trabajadores de Catholic Charities de todo el país para explicar que una persona se considera pobre si:

  • no puede costearse una vivienda limpia, segura y en buenas condiciones;
  • no puede costear sistemáticamente alimentos nutritivos para sí mismo y para su familia;
  • no puede pagar sistemáticamente las facturas de los servicios, aunque esto sea una prioridad;
  • sus hijos no van vestidos a la escuela con ropa adecuada y limpia, y que estén buenas condiciones; o
  • no puede permitirse ir al médico por ningún tipo de enfermedad, por temor a que la consulta esté muy por encima de lo que puede pagar. (Rev. Larry Snyder, Think and Act Anew: How Poverty in America Affects Us All and What We Can Do about It, (Orbis Books, Maryknoll, N.Y. 2010), p. 42)

Muchos habitantes de Indiana viven en estas condiciones. ¿Cuáles son algunas de las realidades que se nos desafía a ver claramente, como ciudadanos de Indiana preocupados por la dignidad humana, la vida familiar y la salud económica y social de nuestro Estado?

Consideramos que es importante señalar que las consecuencias de la grave desaceleración económica que comenzó entre los años 2008 y 2009, un período que algunos denominan la “Gran Recesión”, provocó que muchos más habitantes de Indiana se enfrentaran a la desesperación de la pobreza. Una cantidad cada vez mayor de nuestros pequeños poblados y comunidades rurales, que antiguamente eran la espina dorsal de nuestro Estado, han presenciado la desaparición de industrias cruciales para ellos. Las condiciones económicas y sociales que ocasiona la pobreza en estas comunidades, así como en las grandes ciudades, han tenido consecuencias graves, inclusive el desmoronamiento de la vida familiar, un aumento en la fabricación, venta y consumo de drogas, violencia en los hogares y en las calles, y un aumento de la población en los penales del estado, producto de todo esto.

La pobreza multigeneracional, medida por la cantidad de personas que atraviesan dificultades económicas y cuyos padres, abuelos, e incluso quizás, bisabuelos, también sufrieron inestabilidad económica grave, es una realidad que tiene enormes repercusiones para la dignidad humana, la estabilidad familiar y la salud de las comunidades. Es mucho menos probable que los integrantes de familias víctimas de la pobreza multigeneracional posean los recursos interiores e intangibles que los motivará a adquirir los conocimientos, las destrezas de vida y las oportunidades laborales que se encuentran disponibles para otros miembros de sus comunidades y que resultan esenciales para romper el ciclo de la pobreza. Sin las destrezas y las experiencias necesarias para tomar decisiones personales y laborales positivas, parecen estar predeterminados a tomar decisiones menos acertadas y, por consiguiente, el círculo vicioso de la pobreza se perpetúa.

A través de nuestras agencias de caridad y nuestras parroquias, escuelas y organizaciones para el cuidado de la salud, los católicos procedentes de las cinco diócesis de Indiana se encuentran profundamente comprometidos al servicio de los más necesitados. La generosidad de nuestro pueblo es extraordinaria y se evidencia en las miles de horas de amoroso servicio que se entregan todas las semanas a todo lo largo y ancho de nuestro estado. Como obispos, reconocemos la bondad de todas esas personas e instituciones diseminadas por todo Indiana, y les damos gracias a Dios por el amor y la compasión que demuestran ante todos esos hermanos y hermanas necesitados.

No obstante, esta respuesta compasiva no nos exonera de formular preguntas difíciles. Consideramos que es esencial que realicemos una evaluación piadosa y honesta de lo que conllevó a que nos encontremos en nuestra situación actual. Si verdaderamente vamos a identificar las causas y las manifestaciones de la pobreza y crear una vía para lograr un cambio positivo, duradero y sostenible, debemos fortalecer las bases sobre las que se erige la estabilidad económica individual y familiar, y que permite hacer realidad los sueños para el futuro.

Como cristianos estamos llamados a reconocer a Jesús en el rostro de los necesitados. Un elemento esencial de la caridad cristiana es ver a nuestros hermanos y hermanas tal y como son: como miembros de la familia de Dios que tienen obsequios para compartir con nosotros y cuya necesidad nos obliga a compartir los nuestros también. Asumirlos como administradores de todos los dones de Dios es un aspecto integral de ser auténticamente discípulos de Cristo.

En el relato del Juicio Final, en el Evangelio según San Mateo (Mt 25, 31-46), tanto los buenos como los malos se sorprenden de que el Señor glorificado se identifique tan íntimamente con los pobres. Y por lo tanto preguntan: “¿Señor, cuándo te vimos…?” Si en verdad buscamos seguir a Jesús y vivir como él vivió, evidentemente reconoceremos la pobreza que nos rodea y responderemos con corazones abiertos y generosos ante sus necesidades inmediatas y a largo plazo.


Preguntas para la reflexión

  1. ¿Le ha sorprendido descubrir que hay familiares, amigos o vecinos que enfrentan dificultades a consecuencia de los cambios en la economía de nuestro estado en el transcurso de los últimos cinco a diez años?
  2. ¿Dónde ve usted la realidad de la pobreza en Indiana?
  3. ¿De qué manera responde su parroquia, escuela y diócesis a los más necesitados entre nosotros?

II. Juzgar

Tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n.º 180)

En su exhortación apostólica, el papa Francisco observa: “nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos”.  Deja muy en claro que la Iglesia “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”, sino que debe colaborar con todas las personas de buena voluntad para construir un mundo mejor (cf Evangelii Gaudium, n.º 183).

El origen de la pobreza es complejo y sus causas deben abordarse de forma eficaz mediante un enfoque integral y multifacético al desarrollo social, económico, cultural y espiritual. Si bien quizás nos sintamos tentados a concentrar nuestra atención y recursos de caridad para solucionar las necesidades inmediatas de alimento, vivienda y salud para los pobres, en propiedad no podemos ignorar las cuestiones más escabrosas relativas a la política pública. Si deseamos brindar solución a las causas fundamentales de la pobreza aquí en Indiana, así como en nuestro país y en la comunidad global, debemos enfrentar esas cuestiones.

Como obispos, no pretendemos afirmar que somos expertos en los aspectos prácticos de la teoría política, económica o de las ciencias sociales. Sin embargo, debemos hacer énfasis en ciertas verdades universales, tales como la dignidad de cada persona humana, los derechos humanos fundamentales que nos corresponden a todos, independientemente de las circunstancias económicas, sociales, raciales o culturales, y la importancia de la libertad de credo para las personas y las comunidades. Como pastores, deseamos entablar un diálogo con y en representación de aquellos que sufren los efectos nefastos de la pobreza aquí en Indiana, lo que abarca las víctimas de la pobreza multigeneracional, así como aquellos que en época más reciente se han quedado sin trabajo y tienen dificultades para satisfacer las necesidades básicas de la vida.

Observamos que los aspectos que enumeramos a continuación merecen una cuidadosa reflexión y estudio por parte de los católicos y de todos los habitantes de Indiana. No proponemos un ejercicio académico fútil, sino dar un paso necesario para tomar las decisiones que conllevarán a un cambio de fondo. Estos aspectos claves son: vida familiar, empleo, educación y atención de salud. Si bien en esta carta no podemos abordar cada una de estas cuestiones en detalle, ofreceremos algunas sugerencias que esperamos estimulen el diálogo y conlleven a una acción positiva.

Vida familiar

Los católicos creemos que el matrimonio es un elemento crucial del plan de Dios para la humanidad, entendido como la unión de un hombre y una mujer que se comprometen por el resto de sus vidas y se vuelven “una sola carne” (Génesis 2: 24). Esta unión sagrada conforma la familia, la unidad básica de la sociedad que se dedica a la transmisión de nueva vida (los hijos) y a la administración de la creación de Dios. La Iglesia enseña que la familia es una suerte de “escuela de humanidad más profunda”, amor y esperanza para la sociedad (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n.º 52). La familia nos enseña quiénes somos como persona y como integrantes de la sociedad humana. La familia también es el lugar donde aprendemos inicialmente a vivir, a hacernos cargo de nosotros mismos, a compartir nuestros dones y nuestros talentos con los demás y a colaborar y vivir en armonía con nuestro prójimo, ya sean los que se encuentran cerca de nosotros o separados por la distancia.

Sin la familia, los niños no pueden crecer más allá del aislamiento estéril. Sin la familia, la unidad entre las personas y las naciones pierde su catalizador más elemental y la coexistencia degenera en un tipo de unión comercial pragmática, concebida “sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar” (papa Francisco, encíclica “Lumen Fidei,” n.o 51).

La familia nos enseña que somos los hijos de Dios, hermanos y hermanas llamados a participar en la vida misma de Dios. Es allí donde aprendemos a reconocer el carácter sagrado de cada vida humana, así como la belleza y la necesidad de vivir juntos de forma pacífica. Es allí donde descubrimos el principio fundamental sobre el que se erigen los derechos y la dignidad del ser humano: que cada persona, sin importar su sexo, raza, credo, situación económica o social, merece nuestro respeto. La experiencia nos enseña que la familia constituye los cimientos sólidos y duraderos sobre los cuales se construyen sociedades sanas.

La familia nos enseña a vivir. En la familia aprendemos las nociones básicas de economía, el valor del trabajo, el significado de la sexualidad, la alegría de la entrega desinteresada, la importancia de partir el pan juntos y de divertirnos con familiares y amigos. Estos no son aspectos nimios sino que ejercen una enorme influencia sobre nuestra calidad de vida y nuestra capacidad para interactuar con los demás, ya sea con la familia extendida, los vecinos, otros ciudadanos e incluso con los extraños (inclusive con los “extranjeros” o los “enemigos” que son distintos de nosotros y cuyas diferencias percibimos como una amenaza a nuestra seguridad).

Estamos plenamente conscientes de que esta interpretación del significado de la familia representa un ideal que raramente se alcanza en todo su esplendor. Al igual que ha sucedido históricamente, hoy en día pueden existir muchos quebrantamientos en las familias y cada uno de nosotros podría señalar de qué forma las familias no logran cumplir con la visión a gran escala que propone nuestra Iglesia en cuanto al significado del matrimonio y de la vida familiar. La experiencia personal de estos quebrantamientos nos enseña el valor de la compasión y del perdón.

Creemos que vale la pena luchar por la familia; estamos convencidos de que nuestras vidas individuales y nuestro mundo se enriquecen gracias al “Santuario de vida y de amor” que proporcionan las buenas familias. Creemos que cada niño debe crecer al calor y al amparo de una familia amorosa. Lamentamos profundamente que los desafíos que enfrentan nuestras familias hoy en día amenazan la salud y la felicidad de las personas, así como el bien común de la sociedad humana.

Como pastores, somos testigo de las dificultades que enfrentan las familias jóvenes, especialmente las constituidas por padres o madres solteros, para romper el ciclo de la pobreza y poder proveer alimento, vestido, vivienda, educación y atención de salud para sus hijos. Para los padres adolescentes resulta mucho más difícil encontrar y conservar buenos trabajos, especialmente si no están casados, ya que a menudo carecen de la educación, las destrezas y las experiencias necesarias para competir en el mercado laboral actual. Si sumamos a estas desventajas los gastos de transporte y de atención médica, el desafío resulta abrumador.

Además, a medida que aumenta la cantidad de familias constituidas por padres o madres menores de edad, o en las que solo está presente el padre o la madre, también aumenta la cantidad de padres y madres que no pueden o no quieren mantener a sus hijos. Los matrimonios fuertes y las familias sanas proporcionan el ambiente ideal que contribuye a superar incluso los desafíos económicos más graves. Lamentablemente, la tensión que genera la inestabilidad económica, las adicciones y la violencia conyugal, en combinación con otros factores sociales y culturales, contribuyen a la desintegración de los matrimonios, perturba a las familias estables y, a menudo, degenera en el consumo de sustancias ilícitas y otras conductas adictivas.

Nuestra sociedad actual permite –e incluso fomenta– conductas que van en contra de una vida familiar sana. El consumismo puede promover el gasto desenfrenado y a contraer deudas impagables. La promiscuidad está atizada por el irrespeto a la belleza de la sexualidad humana y a la santidad del matrimonio y la vida familiar. Todos los estratos de nuestra sociedad sufren los efectos de la amenaza cultural y económica para la salud y la vitalidad de las familias, pero los pobres, especialmente aquellos aquejados por la pobreza multigeneracional, son especialmente vulnerables a las influencias sociales y económicas negativas que socavan la existencia de la vida familiar. Incluso se ha llegado a afirmar que los matrimonios estables son cada vez más un lujo que solo los ricos se pueden dar.

Para abordar los efectos a largo plazo de la pobreza en nuestra sociedad, debemos fortalecer el matrimonio y la vida familiar.  Tal como lo expresó San Juan Pablo II en su exhortación apostólica sobre la familia, titulada Familiaris Consortio: “El futuro de la humanidad se transmite a través de la familia” (n.º 86). Cuando las familias son fuertes, también lo es la sociedad; cuando las familias se quebrantan y son inestables, todas las comunidades humanas sufren. Al mismo tiempo, reconocemos que la pobreza intensifica la inestabilidad del matrimonio y de la vida familiar, ya que puede provocar una tensión intolerable que limita el desarrollo humano. Y, dado que las familias constituidas solo por el padre o la madre se están convirtiendo cada vez más en la norma para los pobres, la Iglesia debe realizar un esfuerzo especial para comprender estas circunstancias y brindarles la sabiduría de su tradición.

Empleo

“La economía debe estar en función de los pueblos, no al contrario” es la paráfrasis sucinta de la declaración fundamental que realizó San Juan Pablo II en su encíclica titulada Laborem Exercens: “ante todo, el trabajo está «en función del hombre» y no el hombre «en función del trabajo»“ (n.º 6). El trabajo es más que una simple forma de ganarse la vida; es la participación continua en la creación de Dios. Si se ha de proteger la dignidad del trabajo, entonces también deben respetarse los derechos básicos de los trabajadores, entre los que se encuentran el derecho al trabajo productivo, a un salario decente y justo, a organizarse, a la propiedad privada y a la iniciativa económica.

Para San Juan Pablo II, esta poderosa afirmación de que “el trabajo está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo”, es el principio rector del éxito o del fracaso de todos los sistemas económicos. La persona humana es lo más importante, no la teoría económica ni las estructuras sociales. La persona humana, el trabajador, no es un medio para lograr un fin, sino el principal beneficiario de su propia labor.

Cada trabajador posee una dignidad fundamental porque él o ella está hecho a imagen y semejanza de Dios. Los trabajadores son, junto con Dios, cocreadores en la construcción de la comunidad humana; no son bienes desechables. No son instrumentos de producción ni herramientas en las manos de propietarios o supervisores, que se sienten con el derecho de usarlos y luego marginarlos al final del día o tras culminar un proyecto en particular.

Indiana es hogar de miles de personas denominadas “trabajadores pobres”. Estos son hombres y mujeres que poseen empleos pero cuyo ingreso no les alcanza para mantenerse o para cubrir las necesidades básicas de la vida, como por ejemplo alimento, vivienda, atención médica, transporte y cuidado infantil. Para estas familias, el trabajo a tiempo completo durante todo el año por sí mismo no es suficiente para salir de la pobreza.

San Juan Pablo II nos enseña que “el salario justo se convierte en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico” (Laborem Exercens, n.º 19). ¿Por qué? Porque el trabajador es verdaderamente digno de su salario (cf Lucas 10:7), y porque una sociedad que se preocupa por los más necesitados de sus ciudadanos, inclusive los desempleados, los infrautilizados y los que no gozan de seguro médico, es una sociedad que florecerá a la vista de Dios, así como en su bienestar material y espiritual.

Educación

Existe un vínculo íntimo entre familia, empleo y educación. Los padres son los primeros educadores de sus hijos y los más importantes. Tal como señalamos anteriormente, en el seno familiar es donde aprendemos primero el valor del trabajo, la importancia de la colaboración y del trabajo en equipo, y los principios morales que constituyen la clave para gozar de un entorno laboral leal, productivo y exitoso.

La Iglesia Católica posee un compromiso férreo con la educación y especialmente la educación de los pobres. Más de dos siglos de experiencia nos convencen acerca de la poderosa función que desempeña la educación para romper el ciclo de la pobreza y ayudar a las familias, y para producir ciudadanos, profesionales y trabajadores prósperos.

También damos testimonio del efecto que produce la pobreza sobre la capacidad de una familia para brindar educación de calidad a sus hijos. Los niños pobres a menudo tienen hambre, están desnutridos y tienden a tener períodos de concentración escasos. Carentes de atención, con frecuencia demuestran comportamientos inadecuados. Quizás vivan en automóviles o en albergues temporales y raramente disfrutan de suficiente descanso físico. Las mudanzas constantes significan que la asistencia a la escuela se torna difícil, cuando no imposible. A nadie debería sorprender que los niños pobres tengan dificultades para aprender, desarrollar y poner a prueba sus aptitudes y habilidades, así como para reconocer la importancia que tiene culminar con sus estudios para poder competir con los demás en un mercado laboral exigente.

Nuestra tradición católica nos exige el compromiso de educar a la persona como un ser integral: mente, cuerpo y espíritu. Nos rehusamos a ser fatalistas en relación con las esperanzas y sueños para el futuro de las familias y los niños pobres, inclusive aquellos que han vivido en la pobreza multigeneracional. Hemos visto con nuestros propios ojos la diferencia que puede hacer una educación de calidad en las vidas de los niños y sus familias. 

Tal como nos lo recuerda el papa Francisco, para estar verdaderamente “con y para los pobres”, debemos proporcionar a todos los niños, especialmente a los pobres, “una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores” (Evangelii Gaudium, n.º 64).  Esta es la forma de salir de la pobreza para las personas y las familias, y la mejor forma de construir una sociedad justa, económicamente productiva y dedicada a la promoción y la defensa de la dignidad humana de todos sus ciudadanos.

Atención de salud

Durante décadas, los obispos católicos de Estados Unidos han sido los defensores incansables de reformas integrales que conlleven a que todos dispongan de atención de salud, especialmente los más débiles y vulnerables. Creemos que la atención de salud es fundamental para la vida y la dignidad humanas, y constituye un componente esencial del ministerio de nuestra Iglesia. En colaboración con profesionales de todo el estado de Indiana, la Iglesia Católica proporciona atención de salud, adquiere asistencia médica e intenta mejorar el sistema de salud. La comunidad católica atiende a los enfermos y a aquellas personas que no tienen seguro médico en las salas de emergencia, en los albergues para indigentes y en el portal de nuestras iglesias parroquiales. Enfrentamos al desafío de la atención de salud con convicciones enérgicas y experiencia práctica.

En nuestro estado, muchas personas y familias de bajos ingresos carecen de los recursos necesarios para cubrir los gastos de su atención médica. Para estas familias, las costosas primas y los gastos compartidos constituyen barreras para obtener cobertura de seguro o para acudir a un médico. Por consiguiente, consideramos que se deben mantener las medidas de protección de los gastos compartidos existentes y que las nuevas opciones de cobertura de seguro médico deben proteger a los asegurados de más bajos ingresos contra la pesada carga de los gastos compartidos. También solicitamos los fondos tan necesarios para costear clínicas, hospitales y otras instituciones de seguridad social que dispensan atención de salud a los pobres y a los integrantes vulnerables de nuestras comunidades.

Creemos que la atención de salud no es un privilegio sino un derecho y un requisito para proteger la vida y la dignidad de cada persona. Todas las personas, sin importar sus circunstancias, deberían tener acceso a atención de salud integral, de calidad y asequible. Esto no debería depender de dónde nacieron, de la etapa de la vida en la que se encuentren, de dónde trabajan sus padres –o si de hecho trabajan–, cuánto ganan y dónde viven.


Preguntas para la reflexión

  1. ¿Está usted de acuerdo con que la Iglesia tiene la responsabilidad de hablar en nombre de los pobres?
  2. ¿Existe algún asunto más importante que la Iglesia debería abordar, fuera de los cuatro mencionados en esta sección (vida familiar, empleo, educación y atención de salud)?

III. Actuar

Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. La realidad es superior a la idea. (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n.º 231)

Esta carta es un llamado a actuar con justicia y caridad. Invitamos a todos aquellos que lean estas palabras a que nos acompañen a acercarnos a los miembros pobres de nuestro estado. Desafiamos a todos, comenzando por nosotros mismos, a involucrar a los líderes de empresas, del gobierno y organizaciones voluntarias en todo el estado, para que estimulen cambios efectivos en las legislaciones y prácticas que perpetúan la pobreza en todas sus manifestaciones.

Las acciones dicen más que mil palabras, especialmente cuando pretendemos alimentar al hambriento, vestir al desnudo, dar vivienda al indigente y proporcionar empleo, educación y atención de salud a todos los miembros de nuestra comunidad. Junto con los hombres y mujeres de buena voluntad deseamos ofrecer esperanza a todo el que sufre y procuramos construir una sociedad justa que pueda aminorar los efectos a largo plazo de la pobreza aquí en Indiana, en todo el país y en el mundo.

A través de instituciones y organizaciones tales como Catholic Charities, hospitales católicos, la Sociedad de San Vicente de Paul, los ministerios sociales parroquiales, las escuelas primarias y secundarias, así como los institutos de educación superior y universidades, nuestra Iglesia responde al número creciente de personas que necesitan desesperadamente vivienda, atención médica, alimento, transporte, educación y otras carencias. La Iglesia Católica en Indiana es uno de los principales defensores de las estructuras sociales justas que preservan a las familias y, al mismo tiempo, abordan los problemas sistémicos que causan la pobreza. Los retos son enormes, pero debemos actuar con corazones transformados y llenos de esperanza.

Al mismo tiempo, nos unimos a todas las personas de buena voluntad para pedir la creación e implementación de estrategias que ataquen el origen de la pobreza aquí en la “Encrucijada de Estados Unidos”. La finalidad de nuestra respuesta es atender las necesidades inmediatas de nuestros hermanos y hermanas y, al mismo tiempo, asumir muy seriamente las cuestiones de fondo que impiden que el sistema de empleo, educación y atención de salud de nuestro estado satisfaga efectivamente las necesidades de las personas y las familias que habitan en todos los rincones del Indiana.

El llamado a la acción exige, con razón, una respuesta organizada y sistemática a los problemas que plantea la pobreza en Indiana. El servicio directo a los pobres en el ámbito de nuestras parroquias y otras comunidades resulta necesario y debe considerarse como una vía para ejercer la caridad cristiana. Sin embargo, las acciones aisladas no serán suficientes por sí mismas. Únicamente un enfoque multifacético que involucre a toda la comunidad podrá disminuir verdaderamente los efectos debilitantes y desmoralizantes que surte a largo plazo la pobreza multigeneracional en todo nuestro estado.

Vida familiar

Invitamos a los fieles católicos y a todas las personas de buena voluntad para que cooperen en la lucha para disminuir la pobreza, concentrando su atención en una de las causas fundamentales de la pobreza en Indiana. Anclados en nuestra fe y tradición católicas, recomendamos:

  • fortalecer y apoyar a las familias en Indiana, otorgando la prioridad más alta al bienestar de los niños en la familia y en la sociedad.

El fortalecimiento de la familia requiere que apoyemos el matrimonio y el ideal de familias constituidas por un padre y una madre que viven juntos y comparten la responsabilidad de sus hijos. Hoy en día muchas familias están quebrantadas y la mayoría enfrenta enormes presiones. Todas las familias necesitan ahora nuestro apoyo amoroso y nuestra asistencia, incluso a medida que nos esforzamos para granjearnos un futuro en el que puedan prosperar las familias sanas. Por consiguiente, proponemos que todos los servicios y las decisiones sobre programas que efectúen las agencias gubernamentales, instituciones privadas y ministerios eclesiásticos en relación con la familia, se rijan por una sola pregunta:

  • ¿Acaso los programas y las políticas dan un énfasis fundamental al bienestar infantil y mejoran –no desmerecen– los matrimonios sólidos y la vida familiar?

La tarea de fortalecer el apoyo a las familias en Indiana es tremenda y para que tenga éxito se necesitan esfuerzos coordinados y prolongados en todo el estado. Proponemos que cada diócesis, parroquia, institución educativa y organización de salud católica de nuestro estado sirva como catalizador de un esfuerzo local y popular que se concentre en mitigar la pobreza en su comunidad. Se debe invitar a todas las personas de buena voluntad, sin importar su credo, para que se unan a este esfuerzo sistemático y de colaboración para atender las necesidades de los niños y las familias de Indiana.

Proponemos definir metas claras y mensurables para nuestros esfuerzos tendientes a mitigar la pobreza, mediante la satisfacción de las necesidades de las parejas de casados y las familias en nuestro estado. Si bien no se pueden calcular fácilmente todos los resultados, contar con metas claramente definidas nos ayudará a establecer y cumplir objetivos que sean ambiciosos pero alcanzables con la ayuda de la gracia de Dios.

Tal como ya hemos visto, existen vínculos innegables entre la vida familiar, el empleo, la educación y la atención de salud. La pobreza agrega una presión intolerable a la capacidad de la familia para llevar a cabo su misión como la célula fundamental de la sociedad. Las familias están llamadas a ser administradoras de todos los dones de Dios y esto requiere un ambiente de estabilidad y paz que brinde a cada integrante de la familia las oportunidades para ejercer sus responsabilidades para el bien común. Un ambiente familiar solidario produce personas más sanas, felices y llenas de esperanza, que más probablemente se esforzarán por el bien común y participarán en actividades comunitarias.

Trabajo

Para abordar los grandes desafíos que enfrenta actualmente la economía en el estado de Indiana, debemos examinar cuidadosamente el efecto que surten las políticas, la legislación y las normas gubernamentales sobre la gente real, los hombres y las mujeres que luchan para ganarse la vida, mantener a sus familias y llegar a fin de mes. No podemos reparar la economía  mediante la aplicación de teorías de empleo abstractas que nada tienen que ver con aquellos cuyas vidas están en juego. Tal como lo expresa San Juan Pablo II, no podemos simplemente tomar en cuenta las necesidades materiales (alimento, vivienda, vestido, atención de salud, etc.), sin menoscabo de la importancia que tienen para las personas, las familias y las comunidades. También debemos fomentar el trabajo espiritual, que reconoce su profunda influencia sobre la vida intelectual, social, cultural y religiosa de las personas, las familias y las comunidades.

La Iglesia no propone programas detallados dirigidos a crear plazas de trabajo o promover el desarrollo económico. Sin embargo, la Iglesia recuerda a los líderes gubernamentales, empresariales y de la comunidad que la única medida verdaderamente efectiva de que una política económica y su aplicación práctica son realmente sólidas, es hasta qué punto las personas en la vida real crecen y prosperan individualmente y como trabajadores.

Además de los beneficios económicos de un empleo estable, el trabajo brinda a las personas más oportunidades para enaltecer su dignidad personal. El trabajo debería ser la principal forma mediante la cual los padres proveen para sus familias y aportan para el bienestar de una comunidad sana. Los programas gubernamentales deberían existir principalmente para proporcionar una protección social adecuada para aquellas personas que se encuentren en situación de transición o que sufran enfermedades o lesiones incapacitantes.

  • Por consiguiente, proponemos que el estado de Indiana dedique recursos para mejorar las oportunidades para las familias hoosier de encontrar trabajos importantes y que sean económicamente satisfactorios.
  • Los planes para el desarrollo económico deben incluir estrategias tendientes a romper el ciclo de la pobreza multigeneracional.

Educación

Una educación buena y balanceada que comience tan pronto como se pueda en la vida, establece una base para un futuro prometedor para los niños y fomenta la formación de ciudadanos productivos y familias sanas. Cada niño debe tener la oportunidad de desarrollar su máximo potencial y es responsabilidad de los padres, y de la comunidad en general, de contribuir al crecimiento y al éxito de todos los niños.

Teniendo esto en cuenta, los obispos dedicamos a nuestras diócesis, parroquias, escuelas y agencias de servicio social para que trabajen con líderes del gobierno estatal y local, así como con líderes empresariales y cívicos, para alcanzar los siguientes objetivos:

  • fortalecimiento del matrimonio y de la vida familiar mediante el apoyo a la función que desempeñan los padres como los principales educadores de sus hijos (inclusive programas que permitan a los padres elegir escuelas para sus hijos y para que participen más efectivamente en la educación de sus hijos);
  • exhortar al estado de Indiana para que dedique los recursos necesarios para brindar educación infantil temprana, especialmente en las poblaciones marginadas;
  • reducir la segregación de facto o el aislamiento por raza, origen étnico o ingresos, para proporcionar a todos los alumnos la oportunidad de aprender junto con y de sus compañeros procedentes de distintos entornos sociales y económicos;
  • encontrar las “mejores prácticas” y las políticas más eficaces para enseñar y aprender, lo que comprende la cantidad de alumnos por salón, la duración de la jornada escolar, la cantidad de días escolares por año, tutoría y orientación;
  • atraer, conservar y premiar a maestros y directores que coloquen en primer lugar la educación de los niños y que posean la formación necesaria para atender las necesidades de los niños procedentes de hogares que enfrenten dificultades económicas y/o se encuentren en situación de desventaja social.

Atención de salud

Los obispos en Indiana repetimos el llamado para que se logre una reforma de salud genuina que sea accesible y asequible para todos. Invitamos a todos los habitantes del estado a que se unan a nuestro esfuerzo por conseguir un sistema de salud que:

  • promueva y defienda la dignidad humana, desde el momento de la concepción hasta su muerte natural;
  • atienda a la persona como un ser integral (cuerpo, mente y espíritu), practicando al mismo tiempo un pluralismo genuino que respete la libertad de credo y de conciencia;
  • atienda a los pobres y a los vulnerables, sin distinción de raza, origen étnico, situación económica, social o legal;
  • administrar cuidadosamente los recursos mediante la restricción de costos y su aplicación equitativa en todo el espectro de quienes deben pagar por la atención de salud.

Si otorgamos la prioridad a la vida familiar, el trabajo, la educación y la atención de salud, un estado de Indiana económicamente fuerte, educado y saludable verá menos personas –especialmente hombres– en prisión. Disminuirá la tasa de embarazos fuera del matrimonio. Más jóvenes podrán cursar estudios de educación superior y capacitarse para sus carreras. Disminuirá la cantidad de residencias donde habiten varias familias y el constante traslado de una residencia a otra, lo que ayudará a proporcionar más coherencia en las oportunidades educativas para los niños. Menos abuelos tendrán que asumir la responsabilidad total de la crianza de los niños porque habrá más madres y padres presentes y activos en las vidas de sus hijos.

¿Qué podemos hacer?

¿Qué podemos hacer para contribuir a mitigar la pobreza en Indiana, ahora y en el futuro? ¿Qué acciones podemos emprender que marcarán la diferencia en las vidas de nuestros compañeros hoosier que sufren los efectos inmediatos y a largo plazo de la pobreza?

Primero, podemos “inundar el cielo” de oraciones, teniendo la plena confianza de que estas serán escuchadas y recibirán respuesta. Como comunidad de fe, creemos en el poder de la oración. Confiamos en que nuestro padre celestial nos escuchará clamar por nuestro “pan de cada día” y responderá. Sin embargo, la oración también supone escuchar atentamente lo que Dios nos dice. Si le pedimos ayuda a Dios para poder atender mejor las necesidades de los pobres, a quienes Él ama, ciertamente nos mostrará el camino.

Seguidamente, podemos trabajar para fortalecer a la familia. Comenzando por nuestras propias familias, nuestros cónyuges, hijos, nietos y demás familiares, podemos demostrarles que la familia es lo primero. Podemos esforzarnos por hacer a un lado el torbellino de distracciones que promueve la cultura contemporánea, para pasar tiempo con la familia, apoyar y animar a aquellos a quienes más amamos en el mundo. Más allá de los límites de nuestras propias familias, podemos compartir nuestro tiempo y nuestros talentos con el prójimo: nuestros compañeros parroquianos e integrantes de nuestras comunidades. Podemos apoyar legislaciones y políticas públicas que estén a favor del matrimonio y de la vida familiar. Podemos hacer lo que esté a nuestro alcance para elegir funcionarios públicos cuyas acciones realmente digan más que sus palabras en lo que respecta a la protección y el mejoramiento de la vida familiar.

Además, podemos proponer y defender la vitalidad económica y el acceso a educación y atención médica asequibles y de alta calidad. Tal como hemos tratado de demostrar, el empleo, la educación y la atención de salud son vías cruciales para aminorar los efectos a largo plazo de la pobreza en nuestro estado. Es en este sentido que nosotros, los obispos, exhortamos vehementemente a todas las personas, familias e instituciones católicas para que se pronuncien a favor de legislaciones integrales y justas, así como de políticas sociales en estas áreas fundamentales. Invitamos a todas las personas de buena voluntad a que se unan a nosotros para encontrar e implementar soluciones, tanto inmediatas como a largo plazo, para los problemas que enfrentan los pobres y vulnerables en nuestras comunidades.

Por último, todos podemos brindar nuestro apoyo a Catholic Charities y otras agencias de servicio social en nuestro estado, mediante la generosa administración de nuestro tiempo, talentos y tesoros. Como administradores de todos los dones que cada uno de nosotros ha recibido de nuestro generoso y amoroso Dios, se nos invita y se nos desafía a responder al Señor con enorme gratitud y generosidad.


Preguntas para la reflexión

  1. ¿De qué forma mi comunidad (parroquia, escuela, institución) atiende directamente las necesidades de los pobres?
  2. ¿De qué forma podría unirse estratégicamente mi comunidad a otras para aminorar las causas más fundamentales de la pobreza en Indiana?

Conclusión

En el Evangelio, Jesús narra la parábola del gran rey quien envió a sus sirvientes “por caminos y veredas” para invitar a todos a su banquete (cf Lc 14, 23). Hoy, Jesús nos envía a nosotros, sus discípulos, a la “Encrucijada de Estados Unidos” para extender su auxilio amoroso a los menos necesitados de sus hermanos y hermanas.

El auxilio amoroso de los pobres y los vulnerables es un tema recurrente en las Sagradas Escrituras. Las enseñanzas de nuestro Señor acerca del día del Juicio Final son bastante específicas: seremos juzgados dignos o indignos de la vida eterna, dependiendo de cómo hayamos tratado al propio Jesús en los más necesitados de sus hermanos y hermanas, especialmente los hambrientos y sedientos, los que no tenían vestido y los indigentes, los prisioneros y los forasteros. La admonición de Jesús acerca de cómo serán juzgadas nuestras vidas es mordaz e indiscutible: lo que hagamos a los pobres y los desafortunados –“de mis hermanos, aun el más pequeño”– se lo hacemos al propio Señor.

Esta es una advertencia aleccionadora. La mayoría de nosotros piensa principalmente en el propio ser, en familiares y amigos. ¿Y los pobres? Quizás experimentamos una vaga sensación de obligación moral para con ellos, pero demasiado a menudo resultan un concepto lejano, anónimo e invisible. Es por esto que las enseñanzas sociales del catolicismo insisten en que las necesidades del pobre deben tener prioridad. De lo contrario, quizás no lo veamos o nos olvidemos rápidamente de él mientras nos ocupamos de nuestros quehaceres diarios.

La publicación de esta carta no pretende ser la última palabra en cuanto a la respuesta de la Iglesia sobre el tema de la pobreza en nuestro estado. Esperamos que cada comunidad católica la analice, y es la intención de las cinco diócesis de Indiana recopilar las reflexiones que provoque esta carta y proseguir con la conversación.

Tales reflexiones son cruciales para el éxito de nuestra misión en el mundo actual. El papa Francisco nos invita a ver la profunda conexión que existe entre la evangelización y el avance de la humanidad, que necesariamente debe hallar su expresión y desarrollarse en cada iniciativa de evangelización (Evangelii Gaudium, n.º 178). Esperamos con ansias la oportunidad de trabajar con ustedes para proclamar la Buena Nueva mediante el fortalecimiento de la vida familiar, el fomento de condiciones de empleo justas, y garantizar una educación de calidad y atención de salud integral para todos los habitantes de Indiana, especialmente los pobres y los vulnerables.

Publicado el Miércoles de Ceniza, 18 de febrero de 2015


Archbishop Joseph W. Tobin


Bishop Donald J. Hying


Bishop Timothy L. Doherty


Bishop Charles C. Thompson


Bishop Kevin C. Rhoades

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